miércoles, 17 de enero de 2024

EN CASA AJENA (SEIS)

Como el saqueo de antiguos y maravillosos escritos sigue en aumento y las andanzas de los depredadores que se meten EN CASA AJENA con el mayor desparpajo no cesan, nos vemos obligados a presentar ONCE nuevos cuentos producidos bajo esa modalidad.



LA DUDA

Fedor Dostoievski & Alejandro Bentivoglio

 

No es cuestión de enredar demasiado las cosas. Por siglos se ha hecho y ya ha visto los resultados. Un montón de descreídos, un montón de fraudes, es entendible. El mundo de lo paranormal, qué poca comprensión de los verdaderos fenómenos del espíritu. Usted, me interpreta.

Las apariciones son algo así como fragmentos de otros mundos... sus ambiciones. Un hombre sano no tiene motivo alguno para verlas, ya que es, ante todo, un hombre terrestre, es decir, material. Por lo tanto, solo debe vivir para participar en el orden de la vida de aquí abajo. Pero apenas se pone enfermo, apenas empieza a alterarse el orden normal, terrestre, de su organismo, la posible acción de otro mundo comienza a manifestarse en él, y a medida que se agrava su enfermedad, las relaciones con ese otro mundo se van estrechando, progresión que continúa hasta que la muerte le permite entrar de lleno en él. Si usted cree en una vida futura, nada le impide admitir este razonamiento. Y, pienso, que aunque no crea ahora, podría hacerlo más adelante. ¿Dudas? Por supuesto, todos podemos tenerlas, pero no me dirá que no siente que hay algo de cierto en todo esto. Una verdad que subyace a cualquier formación científica, o falsamente científica que usted diga tener. Porque, admitámoslo, lo que usted llama ciencia no es más que una pequeña porción del conocimiento humano. Aún no cree. Lo comprendo. Yo tampoco creía en un principio, pero aquí me ve. ¿Me ve, no es cierto? Mire a su alrededor. ¿Puede afirmar, mi amigo, con total certeza que las personas que ve aquí son todos humanos, que no somos, seres de otros mundos que nos paseamos junto a su lecho de muerte para darle la bienvenida que se merece? Solo piénselo.


LA SOMBRA

Chelo Torres & Lafcadio Hearn

 

Aquel día era domingo y los vecinos habían acudido a la iglesia para asistir a la misa de doce. Un individuo con un sombrero que le cubría el rostro se quedó en el rincón trasero arropado en la sombra. Al sacerdote le extrañó que el sujeto no se acercara a sentarse en uno de los bancos buscando la comodidad, no obstante siguió con la homilía sin más preocupación.

Al acabar el oficio la gente marchó a dar un paseo antes de volver a sus casas. El sacerdote recogió los útiles que usaba en la misa y se dirigió a la sacristía. Mientras se quitaba la casulla y la colgaba en la percha notó una presencia.

—¿Deseaba usted alguna cosa? –preguntó el sacerdote. Alzó la cabeza pero no pudo distinguir los rasgos del individuo. Parecía ser sólo una sombra. La silueta de un brazo señaló una cómoda que se hallaba enfrente—. ¿Hay algo ahí dentro que usted quiere? —volvió a preguntar.

La sombra pareció asentir mediante un leve movimiento de cabeza; el sacerdote se incorporó y abrió el cajón de arriba. Estaba vacío. A continuación, abrió el segundo, el tercero y el cuarto cajón; hurgó detrás y encima de cada uno de ellos; examinó con cuidado el interior de la cómoda. No halló nada. Pero la imagen permanecía erguida, con tanta ansiedad como antes. “¿Qué querrá?”, pensó el sacerdote. De pronto se le ocurrió que acaso hubiera algo oculto debajo del papel que revestía los cajones. Levantó el forro del primer cajón: ¡nada! Pero debajo del forro del cajón inferior halló algo: una carta. El clérigo se la entregó al sujeto. Este la cogió y se tocó el ala del sombrero agradeciendo el gesto; acto seguido desapareció. El cura se quedó intrigado pero incapaz de hacer nada. La sombra lo había dejado atemorizado.

A la mañana siguiente, el enterrador acudió al cementerio y vio que una de las tumbas había sido profanada. La tumba pertenecía a una chica que había muerto joven en un accidente de coche. La chica se había independizado de su familia a los dieciocho años. Quería disfrutar de la vida, la noche, ir a salas de baile y probarlo todo. Había hecho amigas y una noche que salieron de fiesta, chocaron con otro coche y ella perdió la vida. Sus compañeras sobrevivieron. Tras una larga convalecencia volvieron a casa pero ya no volvieron a ser las mismas. La sombra de su amiga se cernía sobre ellas. Nunca volvieron a reunirse, ni salieron de fiesta. No volvieron a beber ni a probar drogas. Pero hasta ese momento ninguna de sus amigas supo el gran sacrificio que su amiga había hecho por ellas.

La tumba estaba vacía, en lugar del cuerpo había un documento. El enterrador lo descubrió y decidió leerlo. El escrito era un contrato de sangre. A cambio del alma de la chica, sus amigas continuarían viviendo. Después del accidente, la sombra llegó para hacer tratos con las chicas, vio una moribunda y le propuso el trato, una de las amigas despertó, descubrió el contrato en manos de su amiga muerta y se lo llevó de allí, escondiéndolo en suelo sagrado. No quería que el alma de su amiga vagase por el resto de la eternidad, así que lo llevó a suelo sagrado esperando que la sombra nunca lo encontrara, pero para su desesperación no fue así. El cura, sin saberlo, cedió el permiso a la sombra para ejecutar el documento.

 


SIN IMPERIO ALGUNO

Jack London  & Gerardo Horacio Porcayo

 

La calma tendía a conflictuarlo, lo estimulaba al movimiento. La vida era tan corta y tan preciada como para ahogarla en el vaso de agua de la estética o la belleza; así, reducidas a esencias, se le antojaban una suerte de joyas microscópicas. ¿Para qué conformarse con lo milimétrico cuando el mundo entero se cuenta en millones de kilómetros?

Muy pronto aprendió que lo grandioso era su objetivo y debía dejar atrás las medidas de lo humano. La moralidad sería otra víctima destinada al sacrificio en un vaso de agua, si quería llegar a alguna parte.

Y, como en las historias ejemplares, una mujer fue el detonador; el punto esencial. Tres meses de galanteos reducidos a nada con una sola mueca de desdén; esfuerzos que no estaba dispuesto tirar al bote de la basura, a dejar que se transformaran en chismorreo nocivo para su prestigio. Ni siquiera lo pensó. Giró el mango de su bastón y en un movimiento relampaguente extrajo el estilete triangular de cuarenta centímetros y lo clavó en aquella parte anatómica que su pretendida cuidaba como excelso tesoro. Con la otra mano enguantada cubrió su boca y la miró a los ojos, mientras el estilete copiaba los movimientos que tanto había imaginado. Ahí, en ese callejón oscuro a donde ella lo condujera para evitar las miradas curiosas, ahí en ese lugar donde lo aislara del mundo, poseyó por primera, única y definitiva vez a su propia Helena de Troya. ¿De qué servían ahora los muros y los ejércitos? De botín, le dijo otra parte de su mente y aquello, que hubiera quedado como simple arrebato pasional se transformó en un mecanismo de relojería con réplicas paralelas acompasadas que fue perfeccionándose hasta que sus acciones superaron todo posible equilibrio y su mecánica integra terminó por fallar y señalar de manera inequívoca su condición de artífice y ejecutor, hecho que llenó de inmediato las primeras planas de todos los diarios.

De hecho, pesaba sobre sus manos la sangre de tanta gente, que los crímenes atribuidos a él no permitían una enumeración precisa. Fumando una pipa junto al sendero o dormitando frente a la estufa, los hombres hacían estimaciones aproximadas de la gente que había perecido en sus manos. Todos habían sido blancos, esos hombres asesinados, y habían sido matados individualmente, por pares o en grupos. Y estas matanzas habían sido tan inútiles y sin sentido, que durante mucho tiempo constituyeron un misterio para la policía, incluso en el tiempo de los capitanes, y también más tarde, cuando se descubrieron los yacimientos, mismos que fueron la clave total para el cierre del caso. Uno tan armado, tan minuciosamente calculado que, con la defensa de un grupo de abogados, el caso resultó tan inverosímil en el tribunal que solo la prensa y la opinión popular lo conservaron como culpable.

Las mujeres, por su parte, solo se atrevieron a hablar tras su deceso y la publicación de la carta donde él, finalmente, confesaba que tras el armado de aquella telaraña de celos, equívocos y venganzas, solo dos motivos persistían: la perpetuación de su ADN y la muerte de todos y cada uno de los hombres que rodeaban con algún género de interés romántico a las seleccionadas aunque no consintientes madres de sus vástagos; esos que crecerían sin padre y que no heredarían otro imperio que el de su ejemplar y grandilocuente odio a los hombres. Botín, ciudad y Helena de cada familia; todo conseguido a partir del simple alimentar las intrigas hacia la grandiosidad de lo inesperado. Y toda su fortuna mal habida, destinada a perderse en la burocracia policiaca.



APOCRIFILIA

Suray Annys & Roberto Arlt

 

Y, sin embargo, se les había entregado. Mas, ya saciados, se apartaban de ella como si se sintieran humillados de haberle ofrecido el espectáculo de su debilidad. Ahora se sumergía en la esterilidad de su vivir, igual a un arenal geográficamente explorado. Así como era imposible transmutar el plomo en oro, era imposible transformar el alma del hombre. Cuántas veces había caído desnuda entre los brazos de un desconocido y le había dicho: “¿No te gustaría ir al Africa?” El otro respingó como si a su lado hubiera silbado un crótalo. Y entonces tenía la impresión de que esos cuerpos armados de huesos, devanados en músculos, eran más débiles que los de los tiernos infantes, más asustadizos que los niños en el bosque.

¿Quieres oro? ¿Quieres poder sobre los hombres? Todos querían algo. Pero nadie quería entregar lo único que deseaba. Sus almas. Quería adoración y reconocimiento. Sí. Hasta ella tenía necesidades existenciales. Era la verdadera alfarera primigenia. ¡Había amasado el barro ontológico! ¡Había inventado el fuego en un orgasmo y creado astros en el espacio! Sí, en un orgasmo cósmico el día que abandonó su mitad divina. Ahora era la dueña del magma de esta celda. Crearon, ella y su mitad, tantos bellos mundos... Eran tan felices mientras crecían y se multiplicaban planetas con sus biosferas...

¿Cómo podría imaginarse esa traición en su propia gestalt? La tierra había sido la mejor de sus creaciones. Muy vital y cambiante. Una esfera en dinámico y extraño equilibrio biológico. Quería repetir el experimento pero no pudo crear otro igual… tenía un mundo que la adoraba en nombre de madre tierra y dentro y fuera todo era abundancia y placer. Solo se imponía el riguroso culto a Lilith. Y cada familia debía hacer ofrendas y ella misma elegía sus sacrificios.

Ser un dios esquizoide, con pluralidad de género y confusión sobre el para qué de la creación, es malo. Ser la mitad hembra de un dios es peor. Como gemelos competitivos. Como esposos hostiles muchas veces rompían o estropeaban aquello de lo que el otro se vanagloriaba. Pero ella no gustaba tanto de la destrucción como él. Él le robó sus criaturas. A ella le gustaba intervenir en las creaciones de él, pero con señales de belleza y proliferación. A él no le gustaba que ella le llenara cada mundo de montones de criaturas movedizas. De cubiertas vegetales por doquier. Créate tus propios mundos, le trono aquella vez, la única vez que ella obedeció.

La tierra le quedó preciosa. Una gema con el corazón de fuego. Una masa terrestre de lo más variada. Ricos relieves. Bloques continentales para sus criaturas, inmersos en infinitas masas de aguas. Y ese cielo que mutaba eternamente en la inabarcable diversidad de la luz. Y sus seres tan… No existía más expresión que… vivos. Todos los caprichos de su imaginación en cada elemento, con los más diversos modos de desarrollo y reproducción. Una cápsula cósmica capaz de mutar y regenerarse. Un juguete y una joya dignos de ella. Eterno. Y no fue en siete días. Los días solo son una métrica humana. Fue un buen trozo de eternidad que le llevo perfeccionar ese planeta que se volvió su última creación y su jaula.

Dios pronto descubrió que sus mundos inertes no le producían satisfacción. La separación le había dejado incompleto. Intento imitar las creaciones de Lilith. Pero la ausencia de amor generaba criaturas débiles o demenciales que terminaban destruyéndose entre sí. Fue entonces que el universo comenzó a quebrarse. Dios reclamo a su mitad el derecho de la totalidad. Fusión absoluta. Ella se negó. Ve a jugar con tus mundos, siseó. Era deidad pero no era perfecta. Dios, iracundo, amenazó destruir todo lo que ella había creado. Ella tenía la eternidad para volver a intentarlo. Aunque sabía que jamás se repetiría nada exactamente. Tal como en su joya terrestre. Y eso era lo mágico, hasta para diosa era sorprendente… Rómpelo. Haré otro. No volverás a ser parte de mí. Dios, colérico, desordenó astros, planetas y asteroides en una tormenta apocalíptica, y aunque ella abrazó su mundo, este se congeló. Luego de esa brutal rabieta, él creó un agujero negro y se escondió en el. Cuando la cólera de Dios se detuvo, ella, herida, decidió intentar la resurrección de su pequeño planeta. Lo consiguió, sus criaturas no eran tan bellas ni perfectas, pero aún lograban ser parte del equilibrio.

Lo que entendió entonces, fue que no podría descuidar su joya nunca, por nada. Que él siempre la envidiaría e intentaría profanarla. Pasaron ciclos evolutivos completos y sus criaturas, algo torpes, pero graciosas, la adoraban. A ella le gustaba empequeñecerse a escala material. Presentarse entre ellos. Garantizarles abundancia de todo lo bello y lo necesario. Le encantaba el paroxismo orgiástico de la danza. La emocionaba el aroma de la sangre caliente. Ser alimento y bebida de La Gran Madre era un honor. Los más bellos ejemplares de sus criaturas competían para ser elegidos y devorados. Luego de los Ritos todo su mundo dormía hasta reponerse. Ella habitaba y mantenía encendido el magma. Tanto tiempo fue la ausencia y silencio de Dios que llegó a olvidarlo. No necesitaba más mundos, este era todo lo que le gustaba.

Dios, que espiaba, se redujo para recorrer por dentro el mundo de Lilith. Durante uno de sus sueños comenzó a regar, en las mentes de los humanos, la idea de muchos dioses feos y malos y solo uno, todo amor y perdón.

Nacieron ídolos y credos que ella se dedico a destruir alimentando el magma con ellos.

Se fueron espaciando los festines pero cada vez que ella se dormía, él regresaba y sembraba la semilla del mal. Aún así, no lograba hacer que, por amor o temor, dejasen de adorarla.

Hasta que se le ocurrió ofrecerles lo que ella no les daba. Libre albedrío y perdón. Podían equivocarse y mucho. Que si se arrepentían ante él, serían salvados y no morirían en el magma eterno. Y fue de ese modo tan precario que logro quitarle la humanidad a Lilith. Fue una guerra sin cuartel hasta casi nuestros días. El consiguió enfriar el corazón de los humanos y ficcionó otra realidad genésica. Oscureció el espacio obligándola a ella a mantener el magma encendido con su sagrada deidad. ¿Abandonaría su mundo para crear otros, huyendo siempre de su otra mitad? ¿Quedaría por siempre como el caldero exiguo, tenebroso, donde las almas torturadas alimentarían el poco calor del mundo de las almas sin color? No. Pelearía hasta recobrar los colores y la potestad sobre su mundo. El culto a Lilith renacería. El verde brotaría en todas las mujeres y se revelarían a los hombres. Los géneros se multiplicarían y el poder del dios único se consumiría en su propio infierno. La obsolescencia.



COINCIDENCIAS DE MIÉRCOLES

Gabriela Vilardo & O’Henry

 

La bibliotecaria los trataba con respeto. Eran dos socios educados, simpáticos y cultos. Infaltables a las citas de los miércoles en la misma mesa. Se miraban y se reconocían, pero no se dirigían muchas palabras. Y no desentonaban con el resto. Los intereses tenían como denominador común ciertos códigos, y ese era su lugar en el mundo, el de ambos, según sus propias percepciones con respecto al otro.

Esa chica era una dama; él estaba seguro, pues sus maneras y sus palabras lo demostraban. Y a pesar de su vestimenta extremadamente simple, el muchacho experimentaba la sensación de que se sentiría muy agradecido de sentarse con ella. Esas ideas desfilaron con prisa por su mente y decidió invitarla. Desde luego que era una infracción a las reglas de la etiqueta, pero a menudo las muchachas trabajadoras renuncian a formalidades de esa clase. Por lo general, eran astutos jueces de los hombres, y pensaban mejor acerca de sus propios juicios que de los inútiles convencionalismos. El dinero del joven, gastado con discreción, les permitiría cenar bien a ambos. La comida resultaría, sin duda, una maravillosa experiencia en la árida rutina de la vida de la joven, y su vivida apreciación agregaría a la de él triunfo y placer. Sin dudar demasiado ella aceptó, no una cena, sí un té de confitería. Y aceptó porque supo que ese joven era un caballero. Estaba segura, pues sus maneras y sus palabras lo demostraban. Y, a pesar de su vestimenta extremadamente simple, la muchacha experimentaba la sensación de que se sentiría muy agradecida de sentarse con él.

Habían compartido mesa por varias semanas y se habían espiado mutuamente. Ella leía Rayuela de Cortázar, y hacía el esfuerzo por continuar cada día, según juzgaba el muchacho. Él se había perdido entre “Funes el memorioso”, “Hombre de la esquina rosada” y otros cuentos de Borges, que ella no alcanzó a distinguir porque el joven llenaba la mesa de hojas en blanco para completar con preguntas ilegibles. Además de la mesa, compartían gestos de insatisfacciones disimuladas.

El encuentro fue en un bar de Las Heras y Pueyrredón. Los dos habían llevado un libro: ella de Faulkner; él, de Márái. Ambos confesaron que lo empezarían a leer esa misma noche. Hablaron de las palanganas de “Rayuela”, y del desorden de “la Maga”. A los dos les asqueaba la forma de vivir que tenía la protagonista. Hablaron de las vulgaridades que ocurrían en el “salón de Julia”, cerca del arroyo Maldonado en el cuento “Hombre de la esquina rosada”, de Jorge Luis Borges y coincidieron en que, de vivir en esa época, no les hubiese gustado frecuentar esos lugares. Cuando incursionaban en el tema películas y criticaban una historia de comisiones de barrio, y del desprecio que les habían provocado las locaciones llegó el mozo con una bandeja de plata con masas finas. Se miraron sin saber qué hacer porque no las habían pedido. Con naturalidad, se sirvieron de la bandeja, así como recibieron la noticia de que, además, del té verde que habían pedido debían pagar las masas consumidas. Coincidieron en volver a encontrarse, y también, y sin saberlo, en que cada uno se dirigió hacia una esquina diferente, y caminó diez cuadras para tomar dos colectivos hacia sus respectivos barrios, se embarraron los zapatos, abrieron la puerta de chapa oxidada de sus viviendas y se encontraron en el mundo que no habían elegido, convencidos de que pertenecer a otros terminaba siendo doloroso. Y tomaron con gusto el mate cocido de la noche con pan de ayer.


DE MÁQUINAS, NIÑAS Y ABUELOS

H. G. Wells & Jorge Etcheverry


Nos conocimos en la facultad. Yo venía descorazonado de Estados Unidos, a quien mis amigos de izquierda llaman El Monstruo. Ella era mechona, es decir empezaba la carrera. Yo me reintegraba luego de una improductiva estadía en la Duke University, donde había trabajado con las cartas Zenner, sin resultado positivo. Incluso participé en un experimento basado en las investigaciones de Leonid Vasiliev, el controvertido parasicólogo de la era soviética, que no tuvo otro resultado que desilusionarme de este campo. Volví hecho un escéptico. La figura de mi abuelo recientemente fallecido a los 95 años, teósofo, caballero rosacruz en la jerarquía masónica y promotor –según un historiador tendencioso que no voy a mencionar– de un golpe de estado fallido de carácter socializante, disminuyó algo su papel en mi concepción de mundo, Weltanschauung, como dicen los alemanes, no así en mi afecto y mi memoria. Pero basta de hablar de mí. Los amigos, algunos, todavía me identificaban con esas creencias, aunque había vuelto a sumergirme en la ciencia positiva y el alivio del sufrimiento humano mediante la medicina. Ellos me la presentaron. Esa niña cuyo mayor atractivo eran unos ojos zarcos, enormes, poseía unos pómulos salientes en un rostro más bien alargado que se erguía sobre un largo cuello. Al empezar a conocernos, empecé a dejar de lado mi ferviente y nuevo apego a las ciencias exactas. Ella venía de una familia de vago origen europeo. Mi familia remarcó su distinción, cuando comencé a insinuarla en mi círculo familiar. La afición a las ciencias ocultas también formaba parte de su biografía. Así me hablaba de su abuelo, de la casa derruida que pensaba restaurar y eventualmente habitar, gracias a una herencia de unos tíos en segundo grado. Una tarde, tomados de la mano caminamos por el Parque Forestal, que trata de reproducir los parques que bordean el Sena. Hablamos, y de pronto sacó una llave. Me hizo acompañarla a una casona en los faldeos del Cerro San Cristóbal. “Te tengo una sorpresa”, me dijo. Abrió la mampara y nos adentramos por un laberinto de piezas, de muebles cubiertos de lonas o telarañas. Un hombre impreciso y alto, vestido de oscuro se entrevió en la semipenumbra. Nos saludó vagamente. Ella me lo presentó: “este es mi abuelo Franz, Francisco, Pancho cuando lo conozcas mejor”. Él sonrió, dibujando una línea vertical en su extraña cabeza, de largo cráneo, sobre un interminable cuello, en el que los pómulos de Elga se acentuaban con un sesgo oriental que desmentía sus ojos casi incoloros. Indicó la pared, hacia una litografía o foto ampliada, o quizás un minucioso dibujo de una máquina que vagamente me hizo recordar la instalación de Vasiliev, reconstruida minuciosamente en Duke. Pero el hombre cerró la cortina. La litografía pareció desvanecerse en el muro. Echamos a andar detrás suyo, por el corredor.

—Elga me ha hablado mucho de usted, y quizás ya sepa algo de mis estudios. —Y, dicho esto, tomó una lámpara y mostró el camino del largo y oscuro corredor que conducía a su laboratorio. Recuerdo vivamente la luz vacilante, la silueta de su extraña cabeza, la danza de las sombras, cómo le seguíamos perplejos pero incrédulos, y cómo allí, en el laboratorio, contemplamos una reproducción en gran tamaño de la máquina que habíamos visto desvanecerse ante nuestros ojos. Tenía partes de níquel, de marfil, otras que habían sido indudablemente limadas o aserradas de un cristal de roca. La máquina estaba casi completa, pero había unas barras de cristal retorcido sin terminar sobre un banco de carpintero, junto a algunos planos; tomé una para examinarla mejor. Parecía ser de cuarzo.

Al día siguiente me trasladé de la casa paterna, Elga anunció por su parte que iba a vivir sola. No hubo ni sorpresa ni alegatos, ni resquemores. Somos jóvenes, estamos en el siglo veinte. Habrá que limpiar un poco, pero hay espacio de sobra y una tarea inconmensurable para ambos.



VERDADES REVELADAS

Robert L. Stevenson & Luciano Lara

 

Ezequiel era una eminencia, al menos así lo habían anunciado los directivos de la empresa. Llegué a la cita con altas expectativas; sin embargo, hacía más de diez minutos que hablaba sin que yo pudiese hilar algún pensamiento referente a su discurso. Sacudí la cabeza y me exigí un poco de concentración; volví la vista al hombre y traté de focalizar en sus ojos.

―Es muy agradable estar aquí hablando, y la vida es tan breve y tan insegura que no quisiera apresurarme a agotar ningún placer; no, ni siquiera uno con tan poca entidad como este. Es mejor agarrarse, agarrarse a lo poco que esté a nuestro alcance, como un hombre al borde de un precipicio. Cada segundo es un precipicio, si se piensa en ello; un precipicio de una milla de altura; lo suficientemente alto para destruir, si caemos, hasta nuestra última traza de humanidad. Por eso es mejor que hablemos con calma. Hablemos de nosotros mismos: ¿por qué tenemos que llevar esta máscara? Hagámonos confidencias.

Fue como un quiebre; un cambio repentino en el transcurso de la vida; no porque hubiese descubierto que el tipo estaba revelando alguna verdad de esas que están ocultas en lo más profundo de nuestras almas. ¡No! ¡Todo lo contrario! Me di cuenta de inmediato; de verdad se trataba de un genio: se ganaba la vida hablando estupideces delante de un grupo de empleaduchos de una maldita corporación. Sí, esos que se creen que son genios y son unos pelotudos. Como yo, que me pasaba la vida cargando números en una planilla a cambio de unos mangos; mientras ese muñeco se llenaba los bolsillos con una facilidad admirable.

Como los artistas, pensé; la vida fácil, la guitarrita, el faso, levantarse a cualquier hora. Difícil es laburar. Está lleno de tipos como este; así cualquiera.

―Vos sí que no tenés problemas, eh ―susurré sin que nadie me oyera.

―La vida es maravillosa ―continuaba el tipo entusiasmado―, quién logre conocerse a sí mismo quizás alcance lo que llamamos “la felicidad plena”. Para eso es importante indagarse, sacar afuera nuestras miserias…

En ese momento elegí no escucharlo más. Basta para mí. Tengo que volver a laburar, pensé; si no entrego el informe de cierre me van a pegar una patada en el culo. De verdad no tengo tiempo para “verdades reveladas”.  Bajé la mirada y me froté las manos en la cabeza como buscando un poco de paz. Apenas levanté la vista me llené de odio al ver la cara del pelotudo de Ezequiel cargada de entusiasmo. Y bueno, pensé; hay gente para todo. A este le va mejor que a mí porque siempre está poniéndole onda a estas estupideces que hacen en la empresa.

Al poco tiempo lo rajaron. Sí, sí, a Ezequiel. Bueno, se habrán dado cuenta de que era un vago, o un soñador; qué se yo. No lo podíamos creer; fue como un cimbronazo repentino. Por cuatro años no supe nada de él; la oficina es así: te morís al día siguiente del despido. Acá la vida sigue como si nada; pero bueno, cada tanto llegan algunas noticias y hoy llegó una de Ezequiel. Parece que se gana la vida dando charlas de cómo administrar el tiempo libre. No es para menos; no nació para laburar. El laburo no es para cualquiera…



UNA DE ESAS EXPERIENCIAS

Nathaniel Hawthorne & Juan Pablo Goñi Capurro

 

Estaba atado cuando desperté. Una soga gruesa, áspera, sujetaba mis brazos, mis piernas y mi cintura a una silla rígida. Me dolía el cuello, había estado mi cabeza colgando quién sabe por cuánto tiempo. La habitación, en penumbras, lo poco que veía era debido a la luz que atravesaba una ventana con la persiana a medio alzar.

Desde mis espaldas surgió un sonido con pretensiones de voz; mantuve la vista hacia adelante, incapaz de distinguir qué decía. Pronto, el emisor se impacientó; la voz, de alguna forma debo llamarla, se alzó. Algo se arrastró. Una figura pasó por mi derecha, en el sector oscuro, moviendo brazos largos y flacos, como quien está contrariado.

Advertí que se trataba de un ejemplar difícil de catalogar. De apariencia humana, con piernas, tronco, brazos y cabeza, pero con características ajenas a nuestra especie. El torso era más estrecho que la cintura, la cabeza tenía forma romboidal y los pies eran desproporcionados. La penumbra me impidió advertir más detalles. Un brazo se extendió, luego regresó a su sitio con una pipa de boca muy ancha. De una bolsa de tela, extrajo hojas de tabaco que fue agregando en esa pipa. Encendió una llama, ignoro cómo.

Queda fuera de duda que la pipa estaba encantada. Debía existir algún conjuro sea en el tabaco, o en el ardiente fuego que ardía misteriosamente en su hueco, o en el humo aromático que se exhalaba de las encendidas hojas. Después de varias tentativas vacilantes, la figura arrojó al fin una nube de humo que se extendió desde el oscuro rincón hasta la faja luminosa de la ventana. Allí se difundió y se desvaneció entre los átomos de polvo. Parecía haber sido un esfuerzo convulsivo, pues que las dos o tres bocanadas siguientes fueron más débiles, aunque el fuego ardía todavía y arrojaba sus reflejos sobre el rostro del espantajo. 

Tosí un poco, mas aproveché su concentración para buscar la razón de mi cautiverio. ¿Qué sentido tenía capturar a un ornitólogo de vacaciones? Poco, especulé; la figura me cautivaba sin necesidad de las sogas que me inmovilizaban. Nunca la había visto venir; concentrado en un exótico ejemplar de plumaje dorado, pasé en un instante de la espesura a la inconciencia, para despertar en cautiverio. ¿Qué pretendía de mí ese ser extraño?

Por fin, se cansó de su artefacto. El fuego dejó de arder, su rostro volvió a la oscuridad. Su cuerpo absurdo pasó delante de la luz y se colocó a un metro de mi cara. Me sentí desnudo, examinado por una máquina rayos x o un tomógrafo. Una mano se extendió hacia mí, las uñas curvadas y largas, cuatro dedos. Con una habilidad insospechada, me desató.

Inmóvil, aguardé alguna señal. La figura se perdió en la oscuridad. Continué sobre la silla, temiendo una trampa, en tanto oía el arrastrar de los pies por la sala; me provocó dentera. Por fin, distinguí el bulto malformado. Cuando tuve en la mano mis binoculares y mi mochila, comprendí que me liberaba.

Atiné a decir adiós y dejé el lugar, que resultó ser una cabaña en desuso. Encontré un sendero y me alejé, a paso vivo, en bajada. Entre dos pinos surgió ante mí el pájaro dorado que avistaba cuando el espantajo me capturó. Como un turista escapando de vendedores molestos, me alejé del ave sin darle un segundo vistazo ni tomarle fotos.

Nunca supe qué cosa era ese espantajo, pero desde ese encuentro abandoné la observación de pájaros y me concentro en mis propias aves, en el aviario donde trabajo. Y guardo a mano una buena provisión de tabaco, para las visitas.


DESEO

Emily Brontë & Manuel Serrano


Hacía casi dos años que no había vuelto por aquellas tierras. Dos años en las trincheras, recibiendo y mandando balas. Durmiendo sobre barro, con agua hasta los tobillos. Solo me reconfortaba saber que la llevaba siempre en mi mente y en mi corazón. Ella me regaló un reloj de bolsillo que al abrirlo me mostraba el paso del tiempo, su mirada detenida frente a mí y aquella beatífica sonrisa.

En cuanto llegué a casa, después del largo viaje en tren y me aseé, como un caballero, corrí a su encuentro. El corazón desbocado y el alma henchida, ansioso de tenerla entre mis brazos, de colmarla de besos, de ver el color dulce de miel de sus ojos hermosos. Dos años son demasiado tiempo.

Al subir por la senda del jardín la distinguí detrás de una persiana y le hice un signo con la cabeza, pero ella desapareció, como si desease que no se la viera. Entré sin llamar, sin más dilación. Aquella casa, antes tan alegre, ofrecía un aspecto lúgubre, desolado. Creo que en el caso de mi señora, yo hubiera procurado limpiar algo la cocina y quitar el polvo de los muebles, pero el ambiente se había apoderado de ella. Su hermoso rostro estaba descuidado y pálido y tenía desgarrados los cabellos. Al parecer, no se había arreglado la ropa desde el día anterior.

Me detuve en seco. No era, ni por asomo, lo que esperaba encontrarme. No podía ser ella. Había envejecido cien años. Estaba como la casa. En la penumbra de la biblioteca me recibió sin ningún énfasis. Cuando traté de acércame, me mandó detenerme.

—No quiero que te acerques.

—¿Por qué?

—Algo ha cambiado en este tiempo.

—No en mi caso —dije desde la casi oscuridad de la tarde que comenzaba a languidecer.

—Pero en el mío, sí. Vete, por favor.

—Hablémoslo. Todo tiene solución. En estos dos años he visto la muerte de cerca demasiadas veces. He deseado tanto este momento que ya lo he vivido en miles de ocasiones.

—Vete antes de que sea demasiado tarde.

—¿Tarde para qué?

El silencio se instaló entre nosotros. Era un silencio gris, pesado como los viejos cortinajes de la casa. Un silencio cargado de polvo y aire viciado.

Tocaron a la puerta de la sala y una vieja sirvienta pasó por mi lado, sin verme. Puso en marcha la chimenea. Pese a ser verano hacía frío en aquella estancia. Fuera, la noche había cubierto el cielo con su negro manto. La única luz que nos iluminaba era la que lanzaba las llamas furibundas de la recién prendida chimenea. Un fogonazo inundó la estancia y el aire se volvió denso.

—Me ahogo, no puedo respirar —dije con dificultad

—Te advertí, te rogué que te fueras.

—Pero yo te quiero. Me da igual lo que haya pasado. Te quiero. Y no me marcharé sin contemplar tu rostro de cerca. Ven amor mío.

Extendí los brazos y recibí mi ansiado abrazo a la vez que la casa desaparecía.




CANDADO GORDIANO

   Charles Dickens & Omar Hebertt

 

Se cuenta que el estado y actual deterioro de tan singular villa, apartada en las montañas y de moderado acceso a los foráneos, ocurrió debido a la espontánea aparición de una torre –al menos es lo que se rescata de testimonios acopiados aquí y allá–, una mañana cuando los pastores disponían el inicio de sus rutinas, pero fueron atajados por la sombra matutina de tan peculiar objeto.

De altura similar a la de un silo, pero sin el acabado ni la memoria de su construcción en uno solo de los habitantes de la comunidad, el concejo del pueblo decidió formar una comitiva para explorar el interior de la construcción y saber más de ella. Uno de los que conformaban el grupo se adelantó, presa de la impaciencia y aunque avanzó unos cuantos metros para entrar antes que sus compañeros, cuando estos llegaron, el hombre salió de nuevo, con las ropas sucias y la barba crecida, además de una expresión de asombro, embargado casi hasta las lágrimas. Relató que mientras para ellos fueron meros instantes, para él fueron días de iluminación y epifanías dictadas por la torre, todas y cada una para el bienestar de la comunidad.

De pronto eso se extendió en conceptos ajenos a su pragmatismo y apremio. Casi de inmediato estaba dictando ideas y decretos ante escribas, amanuenses, secretarios, auxiliares, así como todo aquel que pronto adaptaría las ideas para ponerlas en práctica. El entusiasmo se transformó en hormiguero, en breve hasta la familia del hombre fue contagiada por sus hallazgos, respaldados por la autoridad del parlamento del pueblo.

Algunos miembros insistían en que determinados asuntos eran primordiales e indispensables, y la familia se separó en distintas facciones, escribió panfletos, convocó a sesiones, pronunció discursos, se acorralaron unos a otros en tribunales laicos y cortes eclesiásticas, se arrojaron barro, cruzaron las espaldas y cayeron en abierta pugna e incomprensible rencor. Mientras tanto, este hombre contempló al demonio de la ignorancia irguiéndose y arrastrando consigo a sus hijos. Vio a su hija convertida en una prostituta andrajosa, a su hijo embrutecerse en los senderos de baja sensualidad, hasta llegar a la brutalidad y al crimen; la naciente luz de la inteligencia en los ojos de sus hijos pequeños cambiaba hasta convertirse en astucia y sospechas, a tal punto que los hubiera preferido imbéciles.

Desilusionado y con algo más que el corazón roto, el hombre volvió a la torre, pero descubrió con sorpresa que esta había experimentado cambios. En lugar de una superficie lisa, libre de imperfecciones, ahora se encontraba trazada con una retícula similar a la de un muro de ladrillos, pero desde la base hacia la altura completa de la construcción, la forma de un vientre femenino henchido por gravidez.

Allí donde antes había una pequeña ventana que equivaldría al ombligo, se encontraba una cavidad esférica en forma de un ojo sin párpado, mirando sin pausa hacia el pueblo. Coronando la edificación, la estatua de un caballo montado por un ser grotesco, ataviado a la usanza de un militar, pero tanto el gesto del jinete como de su corcel eran de una imparable marcha hacia lo que una vez fue un apacible pueblecito.




LOS SERES DE LA LUNA

H. G. Wells & Oscar De Los Ríos

 

Juan había pasado toda la noche pescando en la laguna sin suerte. Ni siquiera una mojarrita había picado. La luna brillaba alto en el firmamento y recordó las palabras de su compadre Marcos, en otra velada semejante.

“Tendríamos que haber venido la semana pasada, tal como te dije, hoy hay luna llena y si hubiéramos pescado aunque sea una trucha joven, esta se hubiera arqueado y descompuesto apenas salida del agua. Los días de luna llena, el viento aquí es tan caliente que los peces buscan el fresco en el fango del fondo”.

Y él le había contestado:

“No digas tonterías, Marcos, la suerte está adversa y solo necesitaríamos que caiga una estrella fugaz para que esta cambie”.

En ese mismo instante, como si Dios hubiera escuchado su deseo, un bólido ardiente cruzó el firmamento cayendo a quinientos metros al sur. El impacto contra el suelo fue tremendo, se sintió una gran explosión y se levantó una enorme ola que lo dejó inconsciente en el fondo de la canoa y casi la hace zozobrar. Pasó un rato y una segunda ola, más pequeña, le cayó encima sacándolo del desmayo. Ya recobrado, tomó los remos y enfiló hacia la costa. Aún antes de poner pie a tierra diviso la figura de Marcos que le hacía señas.

—¿Viste eso Marcos?

—Venía a buscarte cuando lo vi caer y me detuve en el lugar. Parece un enorme tarro de lechero y del interior salen extraños sonidos. 

Los dos hombres corrieron en seguida al campo comunal y encontraron el cilindro todavía en la misma posición. Pero ahora habían cesado los ruidos interiores y un delgado círculo de metal brillante se mostraba entre el extremo y el cuerpo del objeto. Con un ruido sibilante entraba o salía el aire por el borde de la tapa. Escucharon un rato, golpearon el metal con un palo, y al no obtener respuesta sacaron en conclusión que el ser o los seres que se hallaban en el interior debían estar desmayados o muertos. Naturalmente, no pudieron hacer nada. Gritaron expresiones de consuelo y promesas y regresaron a la villa en busca de auxilio. Es fácil imaginarlos cubiertos de arena, con los cabellos desordenados y presas de la excitación corriendo por la calle a la hora en que los comerciantes abrían sus negocios y la gente asomaba a las ventanas de sus dormitorios.

 A pesar de la alocada carrera, los gritos y su estrafalaria presencia; nadie acudió a recibirlos, nadie se asomó a las ventanas y el pueblo parecía una villa fantasma. Ellos no lo notaron, tampoco repararon en los alarmantes indicadores que lanzaban una advertencia desesperada: la pava que se secaba en la hornalla encendida, el auto con el motor en marcha, las canillas abiertas que derramaban el agua en el suelo; tampoco ladraban los perros ni cantaban los pájaros. Estaban demasiado preocupados por transmitir la noticia de los seres que llegaron del espacio exterior y la necesidad de ayudarlos. Caminaban por las calles desiertas cuando se levantó un viento abrasador que los obligó a buscar refugio en un lugar fresco. Penetraron en la iglesia y, al pasar por delante de un espejo biselado, vieron la imagen translucida y descolorida de dos hombres, que se iban desvaneciendo. En ese mismo instante cayeron en la cuenta de que el pueblo estaba desierto.

—Como los peces de la laguna —susurró Juan.

—Son los seres de la Luna —le respondió Marcos antes de desaparecer.


LOS AUTORES

Charles Dickens

https://es.wikipedia.org/wiki/Charles_Dickens

Fedor Dostoievski

https://es.wikipedia.org/wiki/Fi%C3%B3dor_Dostoyevski

Lafcadio Hearn

https://es.wikipedia.org/wiki/Lafcadio_Hearn

Roberto Arlt

https://es.wikipedia.org/wiki/Roberto_Arlt

Jack London

https://es.wikipedia.org/wiki/Jack_London

O. Henry

https://es.wikipedia.org/wiki/O._Henry

H. G. Wells

https://es.wikipedia.org/wiki/H._G._Wells

Robert Louis Stevenson

https://es.wikipedia.org/wiki/Robert_Louis_Stevenson

Emily Brontë 

https://es.wikipedia.org/wiki/Emily_Bront%C3%AB

Nathaniel Hawthorne

https://es.wikipedia.org/wiki/Nathaniel_Hawthorne


Chelo Torres vive en Beniarbeig, Comunidad Valenciana, España. Trabajo en el Instituto de Pedreguer (Alicante) impartiendo inglés a adolescentes de 12 a 14 años. Vive en una urbanización tranquila, con unas vistas estupendas, tanto al mar como a la montaña. Sus aficiones favoritas son: la literatura, preferentemente fantástica, la música, la fotografía y, desde hace algunos meses, navegar por Internet. 


Suray Annys usa el apellido materno para escribir y publicar. Es profesora de artes, ecologista arboricultora y jardinera y paisajista autodidacta. Escribe, actúa, y dibuja desde los seis años. Es anarquista, no cree en el mercado, las religiones, la civilización iluminada por la ciencia... Por ende, regala y comparte su producción artística burlándose del valor monetario del arte, el lavado de dinero a través del mismo, los egos del derecho de autoría y la arrogancia consumista de hacer arte por el arte o pretender vivir de él. 


Gabriela Vilardo es profesora en psicopedagogía, artista plástica y escritora. Nació en Pergamino, provincia de Buenos Aires, en 1964. Ejerció la docencia desde el año 1989 hasta el 2016. Dictó talleres de creatividad y de apoyo a docentes. Obtuvo reconocimientos nacionales e internacionales por sus cuentos y microrrelatos, algunos de los cuales formaron parte de antologías. Publicó tres novelas juveniles: El misterio de Don Anselmo (2005) Rosendo, un esclavo en la Revolución de Mayo (2010) y Del revés (2018) En el año 2015 publicó Ausente de mí, novela que escribió con Alejandra Guallart Becerra. En el año 2018 presentó la novela De entrecasa y en 2023 SISA (novela histórica). 


Juan Pablo Goñi Capurro es un escritor y actor argentino, radicado en la ciudad de Olavarría, nacido el 11 de octubre de 1966. Publicó: “Soltando la mano”, La Verónica Cartonera, España 2020; “El cadáver disfrazado”, Just Fiction, 2019; «Agosto», «Destino» y «Cabalgata» (Colección Breves), 2019; “La mano” y “A la vuelta del bar” 2017; “Bollos de papel” 2016; “La puerta de Sierras Bayas”, USA  2014. “Mercancía sin retorno”, La Verónica Cartonera, 2015. “Alejandra” y “Amores, utopías y turbulencias”, 2002. Ha publicado más de quinientos trabajos en antologías y revistas. 


Luciano Lara es un músico que nació en Quilmes en mayo de 1975, que desde hace unos años decidió lanzarse a la literatura con una propuesta provocadora. Escribió su primera ficción Tránsito hacia la libertad, enseguida la segunda, Absurdo y durante los meses siguientes, las cinco historias que integran su primer libro Apasionadas editado por Sinergia en 2015 bajo el seudónimo Köller. Desde aquel inicio literario en 2013, ha participado de varios proyectos literarios, uno de sus textos apareció en Grageas 3, otro la antología mexicana Fútbol en breve, otros tres en Cien páginas de amor, uno en la antología mexicana Nocauts, otros tres en Minimalismos y uno en Extremos. Todas obras que forman parte del presente libro. Su primera novela, Resistencia se encuentra en proceso de corrección.


Jorge Etcheverry se inicia en el Grupo América y la Escuela de Santiago, agrupaciones poéticas de los 1960 chilenos.   En Canadá desde 1975, es profesor de filosofía, traductor y doctor en Literatura Comparada. Su último libro de poemas es Cronipoemas (Ottawa, 2010). Su novela De chácharas y largavistas fue publicada en 1993. Es autor de la antología Chilean Poets: A New Anthology, publicada en 3011. Tiene prosa, poesía y crítica en Chile, Estados Unidos, Canadá, México, Cuba, España y Polonia. Es uno de los editores y fundador de Split/Quotation – La cita trunca y editor de su edición virtual en www.etcheverry.info. Es embajador en Canadá de Poetas del Mundo. Su Apocalipsis con Amazonas, relatos, fue publicado en 2015.


Omar Hebertt (México, 1972). Egresado de la Licenciatura en Comunicación social de la UAM Xochimilco, se ha desempeñado desde 1997 escribiendo crítica de cine, (UnoMásUno, Sábado, Cinemanía, Programa Mensual de la Cineteca...), ensayos sobre música, literatura, TV, fotografía e Internet (El Financiero, Extravagancia, Cinemanía, Ulalupa.com, Diario Síntesis de Hidalgo, El independiente de Hidalgo). Durante un periodo que abarcó del 2001 hasta 2008, cultivó una muy personal pasión por el cine de stop-motion, así como todo lo relacionado con la animación. Ha dedicado parte de su tiempo a la enseñanza de talleres, cursos y la docencia universitaria, enfocado sobre todo al cine y la literatura de géneros. Actualmente es el director y fundador de Deep Focus Magazine, App de la revista digital interactiva, misma que supervisa en colaboración con Marco González Ambriz, Rubén Weeke y Pablo Alberti.


Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino, nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no).


Alejandro Bentivoglio nació en 1979 en Avellaneda, provincia de Buenos Aires, Argentina. Publicó una docena de libros de microficción, varias micronovelas y una novela. Además, sus textos han aparecido en antologías de América y Europa y traducidos al griego, italiano e inglés. Algunas de sus microficciones pueden leerse en su cuenta de instagram (@bentivoglioalejandro) y en su blog: ultraficcion.blogspot.com


Manuel Serrano Funes nació en Mainar, Zaragoza, el 12 de marzo de 1959. Actualmente residee en Valencia (España). Es maestro desde 1979 y funcionario de Carrera del Cuerpo de Maestros desde 2001. Es colaborador de la Revista “Valencia Escribe”. Ha publicado cuentos, microficciones, poemas y haikus en diversos medios nacionales e internacionales.


Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledad, Ciudad Espejo, Ciudad Niebla, Sombras sin tiempo, Sueños sin ventanas, El cuerpo del delirio y Plasma exprés.

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